Y….. NO COMMENT:4
enero 4, 2009, 11:48 am
Filed under: Exit

Como cada noche en que la circular presencia de la taciturna luna llena posee cada recóndito sentimiento del más bienamado de los seres, Merce descorrió las cortinas, cogió seis sábanas, y con ellas tapó seis de los siete espejos estratégicamente colocados en las paredes de su habitación. Sólo uno quedó al descubierto, aquel bañado por la pálida luz de la luna. El escogido para su viaje en sueños.

Dentro de ella existía esa capacidad que algunas personas abandonan al llegar a una edad adulta; la posibilidad de imaginar, de abstraerse del tiempo, de cerrar los ojos y desplazarse a través del firmamento, de dejarse llevar por el viento, sin preocuparse cuando o dónde estará el próximo apeadero.

Avanzada la noche, y como si de un traslúcido espectro se tratase, Merce se levantó de la cama para deslizarse a través del único espejo huérfano de sábana. Vestida con un pijama cosido con los lugares que había visitado, se preparó para colisionar contra su propia imagen reflejada. Era el momento para que su cuerpo se estremeciese, alcanzando una sensación de reposo que pocas veces experimentaba despierta. Su sombra adoptó una forma clara y diáfana, que la hizo confundirse con la blanquecina luz de la luna llena. Y por sus venas la sangre fluyó en toda su calidez y reconfortante pureza. Todo este cúmulo de sensaciones la alentó para penetrar hacia el otro lado del durmiente espejo.

Cruzado su reflejo, se internó en una fría y profunda oscuridad. Merce ignoró todo tipo de miedos y peligros. Siguió manteniendo su firme intención de adentrarse un paso más y otro más. Habituada a la lúgubre nada, una suave e inesperada brisa la golpeó haciendo que su cuerpo sintiese primero escalofríos y más tarde un cándido cosquilleo. Sin proponérselo la expresión de su rostro tornó de desasosiego a una tímida sonrisa. Ésta, poco a poco se fue ampliando hasta terminar en una estruendosa y cálida carcajada. Pronto acompañada de una silenciosa lágrima que resbaló por una de sus sonrojadas y suaves mejillas.

De repente, como si de ella dependiese el dar cuerda al caprichoso comportamiento de la naturaleza, la densa oscuridad se quebró dejando pasar a los benefactores rayos del sol. La sombra del contorno de su cuerpo comenzó a proyectarse de forma nítida sobre el suelo. Los latidos de su corazón perdieron todo compás. Bajo sus pies se fue formando un bosque confiado e inquieto. De su lágrima caída nació un manantial, libre de codicia y rencor, y que pactó con la hierba impregnar con su fragancia aquel lugar. Los árboles brotaron con gran viveza y en su más extrema frondosidad, la hierba creció enrevesada y sin ninguna forma definida, y las flores florecieron en toda su exuberancia y belleza.

Aprovechó las más finas ramas para trenzar todo tipo de criaturas y seres, que al eco de su risa se adentraron por cada rincón en donde hallaron vida. Con un jovial suspiro pintó su propio e infinito cielo. De su respiración salieron las siluetas de las nubes. Alzó una mano para colorearlas con todos los colores que fue capaz de imaginar y con otros tantos de los que nunca oyó hablar. De su transparente mirada nació un arco iris, al cual le cambió cada uno de sus siete colores y le añadió algunos más. Todo ha de combinar, se hizo prometer.

Mientras, Merce no pudo más que sentirse llena de esperanza y optimismo. El latido del bosque se combinó con el suyo propio. Observó, refugiada desde lo alto de un árbol, como se iba creando aquel espacio tan necesario para sí misma. Desde allí trató de completar, como si de un puzzle se tratase, los distintos retazos fallidos de su vida, demostrados aciertos con el tiempo, e intentó extraviar algún resto del ayer del cual todavía sentía su peso.

Agotadora soledad, se dijo para ella. Se resistió a perderse en su propio abrazo. Decidió que todo aquello debía de ser lugar común de paso. Arrancó miles de hojas de los árboles y en ellas trazó otras tantas rutas de bienvenida. Cada hoja la introdujo en el interior de pompas de jabón, que al tacto de sus manos se transformaron en palomas mensajeras. Sopló y sopló, y desde ahí tomaron rumbo para ubicar su lugar dentro del mapa del mundo.

Con su aliento separó la hierba. Comenzó a abrir un camino tras otro, haciendo que se aventurasen más allá de valles y montañas. Puertas de entradas y salidas, que la convertirían en anfitriona de habitantes de este y otros tiempos, y la llevarían hacia aquellos lugares en los que siempre había deseado estar.

Haciendo equilibrios entre las ramas, cayó dormida. El silencio es tan lindo, soñó. Al poco rato despertó. Contó hasta diez antes de abrir de nuevo los párpados. A lo lejos sonaban miles de timbales, campanas, flautas, mandolinas y algún que otro oboe. En el horizonte, entre algarabías, una marabunta jubilosa de gente se aproximaba. La más alegre canción pop empezó a componerse en su cabeza. Un coro de sirenas, arpa en mano, comenzó a entonar su creación. El olor al primer bizcocho de chocolate del año, al dulce salitre de su mar, a la añorada navidad en su hogar, la asaltaron de entre sus recuerdos.

Por fin se despojó de todo lastre. Desahució de ella todo mal vivido y se inmunizó contra todo mal por vivir. Merce se sintió completa, satisfecha consigo misma. Una nube se postró ante sus pies desnudos, y sobre ella descendió del árbol para recibir a sus invitados. Todo el mundo venía de algún lugar para compartir con ella sus historias, sus anhelos, sus secretos más profundos. Ella los comprendía y protegía; los mecía con un acogedor abrazo, los encantaba con un risueño beso. En ellos plantaba sus ansias de ser capaz de soñar despierta. Pequeñita, pequeñita se colaba sigilosamente en sus cabezas, y en cada hueco libre de perjuicio y de carga les susurraba con su liviana y generosa voz: Nada es tan real como nosotros en este lugar.

Y al amanecer, entre leche y cereales, tomó una servilleta de papel y en él escribió su luminoso y legítimo sueño. Y mientras lo hacía no pudo más que pensar, que todas las cosas que llegó a soñar antes o después se harían realidad.


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