y ….. verdades cinematográficas
abril 25, 2007, 11:22 am
Filed under: Artículos

George W. Bush

La línea que separa al partido republicado del demócrata es ínfima, de ahí que el transfugismo entre un partido y otro sea una constante. Hoy defiendo una cosa y mañana la contraria. De ahí que por encima de aspectos ideológicos prime en muchos casos el factor económico como ingrediente básico a la hora de decidirse a qué partido afiliarse. Junto a esto, últimamente, se ha unido un hecho aún más peligroso, la fuerza que están tomando los seguidores de un cristianismo fundamentalista; estos se han ido convirtiendo en un gran vivero de votos para el partido republicano y en una fuerza decisoria dentro de unas instituciones oficiales otrora caracterizadas por el laicismo.

Nixon, Carter, Reagan han sido algunos de los presidentes marioneta que han sucumbido y claudicado ante los grupos de presión, pero a ninguno de ello se le ha dedicado tantas horas de metraje como a George W. Bush. Su rostro entre caballo despistado y koala adormilado, ha protagonizado multitud de documentales que desmontan tanto su persona como su política, convirtiéndolo en un Pinocho del siglo XXI en manos de unos Gepettos camuflados entre los matorrales de los lobbies económicos y los promulgadores de un fundamentalismo católico anclado en el medievalismo más reaccionario.

El impulsor del documental en este nuevo milenio ha sido el egocéntrico Michael Moore. Con su sexto documental Bowling for Columbine (2002), y más tarde con Farenheit 9/11 (2004), situó este género en el hábitat de los centros comerciales. Si en el primero se vale de la masacre de Columbine para explorar la naturaleza violenta que todo estadounidense lleva en su interior criticando la inexistente acción de su gobierno para establecer un control sobre el mercado de armas, en el segundo trata de desenmascarar la figura del presidente George W. Bush y de su Administración haciendo hincapié en el beneficio político y económico que el partido republicano trató de conseguir para sus fieles tras el atentado a las Torres Gemelas. El gran problema de Michael Moore es que su falta de objetividad y su sempiterna presencia hacen de sus cintas un despreocupado ejercicio de veracidad ante la falta de rigor y un más que cuestionable uso fiable de los testimonios. Tal es así que muchos compañeros de profesión intentan distanciarse de su método de filmación.

Lejos del estilo Moore ubicamos al director William Karel y al periodista Eric Laurent. En su documental El Mundo según Bush (2004) se valen de los testimonios de personas cercanas al presidente de los EEUU, así por la cinta desfilan desde antiguos agentes de la CIA hasta el autor de sus discursos pasando por consejeros, senadores, empresarios y funcionarios, para documentar, básicamente, dos cuestiones: que en Irak no había armas de destrucción masiva, dato que conocían tanto George W. Bush como sus consejeros, y que entre los atentados del 11 de septiembre y Sadam Husein no hay relación alguna en contra de lo que en su día sostuvieron el propio Bush, el vicepresidente Cheney, el consejero Wolfowitz o el ultraderechista ministro de Justicia, John Ashcroft.

Dirigido por Heidi Ewing y Rachel Grady, Jesus Camp (2006) ha sido el documental más provocador y polémico del pasado año, llegando incluso a ser vetado en numerosos salas de los Estados Unidos. Esta vez la figura de George W. Bush aparece representada en cartón, presidiendo cual Mesías un campamento infantil cristiano evangélico en Dakota del Norte. Los niños rezan a su presidente, al cual se exalta como recuperador de una América bajo los valores cristianos más retrógrados. Los niños son adoctrinados bajo el creacionismo: la teoría de la evolución es mentira, el cambio climático es mentira, el aborto es un genocidio, los homosexuales deben ser perseguidos, los medios de comunicación y Hollywood están en manos del demonio, Harry Potter promueve la magia negra… Un documental sincero, sin efectismos, construido sólo con las palabras de los que organizan y participan en el Campamento de Jesús.

Poco se imaginaba la cantante Natalie Maines, del grupo de country Dixie Chicks, de lo que se le avecinaba cuando tuvo la osadía de criticar a su presidente y vecino tejano, George W. Bush. Cientos de emisoras de radio anunciaron no sólo la decisión de no programar nunca más música de las Dixie Chicks, sino que organizaron destrucciones públicas de sus discos, aplastados por apisonadoras o quemados en hogueras rodeadas de seguidores con pancartas en las que acusaban a las Dixie Chicks de ser “amigas de Sadam Husein” o se leían frases como “insultar a tu presidente es insultar a tu país”. El documental Shut up and Sing (2006), dirigido por Barbara Kopple y Cecilia Peck, recoge todos los incidentes que desencadenó el comentario de Natalie Maines. Muestra con detalle los insultos y las amenazas que sufrieron a su regreso a Estados Unidos y el declive repentino y contundente de su carrera musical. Y por otra parte la cinta deja claro la debilidad actual del sistema democrático estadounidense, con unas asentadas corrientes de opinión reaccionarias que obstaculizan cualquier intento de discrepancia con la política oficial de la Administración Bush.


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