y ….. sobre cine, propaganda y momentos políticos
abril 17, 2007, 11:49 am
Filed under: Artículos

Si bien el cine es una industria que mira eminentemente al ocio del ciudadano mundial, cuando surgen enfrentamientos y conflictos internacionales los países implicados estudian cómo utilizar el medio para no sólo difundir sus ideas en su propio país sino, también, cómo hacerlo de cara al exterior. Así uno de los géneros cinematográficos más fascinantes que aparece en la historia del cine usualmente por motivos políticos, es el de propaganda, al cual se ignora casi permanentemente considerándolo incapaz de generar obras artísticamente valorables y silenciándolo según el partido político gobernante. El cine de propaganda trata siempre de elaborar un panfleto político a partir de historias de ficción o bien documentales. Sin excepción, todos los grandes productores de películas del mundo han realizado filmes de propaganda, y quienes se han destacado han sido los países dominados por regímenes totalitarios, tales como el nazismo, el fascismo o el comunismo, y por que no, el capitalismo. Al hablar de propaganda cabe referirse a momentos de singular trascendencia que se ajustan a periodos conflictivos: desde la Primera Guerra Mundial o la revolución soviética de 1917 hasta la caída del muro de Berlín y los conflictos de finales del siglo XX.

La Primera Guerra Mundial es la prueba de fuego para entender la efectividad propagandística del cine. Historias de todo tipo se proyectan durante y tras la guerra con desigual acierto a la hora de destacar el pacifismo de un país o la necesidad de combatir al enemigo. Son visiones ejemplares Sin novedad en el frente (1930), de Lewis Milestone, o Senderos de gloria (1957), de Stanley Kubrick. Sergei M. Eisenstein se convierte en el referente visual de la revolución soviética montando películas como La huelga (1924), El acorazado Potemkin (1925) y Octubre (1927), revisando algunos de los momentos vividos por el vasto país desde los primeros años del siglo XX. Las tres son claras propagandas del sistema socialista, más tarde su Alejandro Nevsky (1937) fue a la vez que otra obra maestra, un panfleto más dentro de una campaña de cine antialemán.

Un jalón significativo en este itinerario ideológico lo constituye el fascismo con recordadas propuestas italianas como La vieja guardia (1934), de Alessandro Blasetti, o Escipión el Africano (1937), de Carmine Gallone, y en el cine nazi es célebre el caso de Leni Riefenstahl que supo destacarse como realizadora en los años 30 con filmes que glorificaban al Führer, tales como El Triunfo de la Voluntad (1935) y Olimpia (1938). Las películas son magníficas, pero, en los libros de historia quedan relegadas de revisión usualmente por tener una ideología equivocada. También citar el caso español, a finales de los años treinta, la Guerra Civil genera algunas producciones al margen de todas las imágenes que se filman en el frente y la retaguardia por ambos bandos. Incluso en 1941 el dictador Francisco Franco firmó, bajo el pseudónimo de Jaime de Andrade, el guión de la película Raza de José Luis Sáenz de Heredia y en la que el mismo dictador glorifica su ideología y por ende su figura.

La Segunda Guerra Mundial permite aprovechar al máximo los recursos que tiene la industria del cine con el fin de producir documentales y películas de ficción que encadenen la campaña propagandística necesaria para alentar a las tropas y a los países inmersos en el conflicto. Momento que aprovecha Hollywood para adoptar una postura agresiva contra los países del Eje (Alemania, Japón e Italia) y glorificando los valores de su modo de vida frente al de sus enemigos. Por su parte Europa se convierte en un dramático plató cinematográfico en el que se experimentan todas las fórmulas posibles para captar imágenes y elaborar mensajes que justifiquen el desgarro que se está produciendo. Tanto durante, como una vez finalizado el conflicto bélico, se hace necesaria una reflexión sobre todo lo realizado. Si resulta extraordinariamente emotivo el documental The Battle of Midway (1942), de John Ford, también son impactantes la película británica Sangre, sudor y lágrimas (1942), de David Lean y Noel Coward, o las estadounidenses También somos seres humanos (1945), de William A. Wellman, y Los mejores años de nuestra vida (1946), de William Wyler. Mención especial merece el corto que Walt Disney produjo en 1943 y que es uno de los más excelentes pequeños ejemplos de lo que es una película propagandística, Der Fuehrer´s Face es una satírica visión de la Alemania nazi protagonizada por el Pato Donald.

La tensión generada entre las dos grandes potencias (Estados Unidos y la Unión Soviética) da pie a que el mundo se sumerja en la denominada guerra fría, un marco de conflicto subterráneo que se aprecia en las relaciones internacionales y en la actuación de los organismos que tiene que dirimir sobre cuestiones que afectan a los países del Este y occidentales.

En este sentido, la producción cinematográfica de ficción estadounidense sirve de plataforma para seguir hablando del peligro comunista, y se ayuda en su objetivo no sólo del cine de terror, sino también de la ciencia-ficción, el cine bélico y hasta el western, géneros que le permiten propagar un paranoico estado de alerta permanente que sirve, al mismo tiempo, como marco idóneo para difundir el estilo de vida americano —el american way of life- como antesala de la telaraña colonizadora que extiende —ya con la ayuda de la televisión- por todo el mundo, al tiempo que sigue librando numerosos conflictos en Corea, Vietnam, el Golfo, Irán…

La propaganda ideológica está implícita en buena parte de los contenidos audiovisuales que se han producido y se producen en el mundo. No se puede entender la información y la comunicación desde los inicios del siglo XX sin esas dosis de propaganda inevitable.


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que le iimporta

Comentario por Anónimo




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